Sobre construir la vida que quieres
Cuando me separé de quien fue mi esposo por 15 años, hace casi tres, en medio del dolor y la tormenta, tomé una decisión: construir la vida que siempre había querido tener.
Pensamos que la vida que queremos está hecha de grandes cosas: viajes increíbles, lujos, casas enormes. Pero te aseguro algo: si te pongo un papel enfrente y te doy tres minutos para escribir lo que realmente deseas, quizás no sabrás por dónde empezar. No es tu culpa. No nos enseñan a conectarnos con el deseo, sino a cumplir con los “deberías”.
Cuando mi vida anterior colapsó, me senté a escribir qué quería de verdad. Hasta entonces, había pensado que “me tocó esto” o que “hay que luchar porque así es la vida”. Pero un día entendí: la vida se construye con cada decisión, grande o pequeña.
Mi deseo más profundo era volver a mi país. Vivía en San Francisco, con visa de trabajo americana y la posibilidad de quedarme en EE. UU. Pero mi corazón repetía una sola frase: “quiero volver”. Y le hice caso.
Compré un pasaje y dejé atrás el 95% de mis posesiones materiales. Volví a Caracas con dos maletas, mi gato, cinco cajas de libros, mi computadora grande y tres cajas de objetos varios. No tenía casa, ni platos. Tenía miedo, un miedo inmenso, pero también una posibilidad hermosa: comenzar de cero y diseñar una vida que me encantara.
No hay nada más aterrador que mirarse de frente, pero tampoco hay nada más liberador.
Suena fácil escrito así, pero ese primer año fue el más duro de mi vida. Me diagnosticaron depresión. Lloré todos los días. Me medicaron. Tuve miedo incluso de levantarme de la cama. Todo era irreal.
Pero, poco a poco, empecé a tomar decisiones. Vi más de 20 apartamentos hasta encontrar el que me hacía feliz. Caminaba con mi hermana por la zona donde quería vivir, sintiendo que ya vivía allí. Me sentaba en sus cafés, imaginando esa vida como si ya fuera mía. Lo remodelé y decoré como siempre soñé: mi casita rosada.
A los seis meses ya tenía un hogar. Elegí cada objeto con cuidado. No tenía mucho presupuesto, pero cada cosa la compré como si fuera un tesoro.
Compré un carro viejo, pero rojo. Muy distinto al que tenía antes, pero me lleva a donde quiero, con la música que amo, por las calles de una ciudad que adoro. Siempre con la montaña al fondo y los cielos más azules del mundo. Sin tener frío y sin tener calor. En esa eterna primavera que es Caracas.
Desde entonces, cada decisión que tomo me lleva a una pregunta: ¿esto lo quiero o lo hago por obligación? Se lo pregunto a mi cabeza, pero también a mi corazón. Trato de que mi cuerpo y mi alma hablen más fuerte que mi mente.
Cada look que me pongo, cada comida que preparo, cada relación o proyecto nuevo, lo paso por ese filtro: ¿esto se parece a la vida que quiero?
Conectarse con el deseo no es fácil, pero tampoco imposible. Es como un músculo: se entrena con constancia. Y es, sin duda, el ejercicio más bello y sanador que he hecho.
En estos tres años he soltado personas, lugares y proyectos que ya no encajaban con la vida que quiero: una vida alegre, tranquila, ligera y llena de gratitud.
Ojalá nunca tengas que vivir una tormenta como la mía para tomar esa decisión. Los primeros dos años fueron muy duros; apenas hace unos meses siento que empiezo a sacar la cabeza del hueco. Pero incluso en la tristeza, fui capaz de tomar decisiones que me acercaban a mi visión de vida.
Ojalá este 2026 sea el año en que tú también comiences a construir la tuya. Y deja de imaginar que necesita parecerse a una revista: no necesitas la casa más grande, ni el carro más lujoso. Yo solo quería una casa pequeña que pudiera limpiar con mis manos, con ventanas grandes para ver el cielo de Caracas, con muchas cosas rosadas, en uno de los barrios más antiguos de la ciudad. Quería un carro que no me dejara tirada, pero sobre todo, quería estar cerca de mi gente. Sentir el arraigo. Elegir una vida que me devolviera la alegría.
Lo estoy logrando. En gerundio. Porque la vida, siempre, está en construcción.