Sobre un accidente de transito y el agradecimiento
Este email ya estaba escrito y originalmente iba a ser muy distinto. Pero hace dos días tuve un pequeño accidente de tránsito que cambió por completo lo que quería decir.
Manejaba por una calle angosta de Caracas cuando, de frente, apareció un motorizado circulando por el canal que no le correspondía. Además, iba mirando el celular. No se estaba dando cuenta de que yo venía directo hacia él. La calle tenía dos canales, pero el contrario estaba completamente lleno de autos; girar hacia allí significaba chocar. No me quedó otra opción que girar el volante hacia un desnivel de la vía, una decisión que me aseguraba no atropellarlo, aunque no sabía qué podía pasarme a mí.
Giré el volante. Ruido estrepitoso. Frenazo seco. Piedras.
Cuando el carro se detuvo, llegó el silencio… y mucho miedo.
Mi primera reacción fue darme cuenta de que no había atropellado al motorizado, que, cabe destacar, ni siquiera se detuvo a ver si yo estaba bien.
La segunda: gracias a Dios iba sola.
La tercera: estoy sola, no sé qué hacer.
La cuarta: al parecer, estoy bien.
Lo que pasó después es el verdadero motivo de este mail.
Me bajé del auto y ya había varias personas acercándose para ver si estaba bien. Otros conductores, que habían presenciado lo ocurrido, se detuvieron y también bajaron a ayudar. Aunque yo seguía temblando de miedo, todos entendimos rápidamente que, sola, era imposible sacar el carro del hueco en el que había terminado por la imprudencia de otra persona.
Un camión de aseo urbano se detuvo. Varios motorizados bajaron de sus motos. Otras personas se bajaron de sus autos. Entre al menos ocho hombres levantaron el carro, como en las películas improvisaron un camino con piedras y, en menos de veinte minutos, mi auto estaba fuera del hueco.
Los trabajadores del aseo urbano —personas cuyo trabajo es recoger basura y que no son precisamente adineradas— no dudaron ni un segundo en detenerse a ayudar, sin esperar nada a cambio. Algunas mujeres, que como yo poco podían hacer, se quedaron conmigo, me abrazaron y me contuvieron mientras yo temblaba de miedo. Cuando todo terminó, otro motorizado me escoltó hasta mi casa para asegurarse de que llegara bien, porque sabía lo nerviosa que estaba.
Yo observaba todo desde algunos metros de distancia y lo único que podía sentir era agradecimiento. Un agradecimiento profundo por estar bien, por no haber herido a nadie, por haber nacido en un país latino donde la gente todavía se detiene a ayudar a otros sin esperar nada a cambio.
Sentí agradecimiento por la mujer que soy hoy, que intenta ser buena persona y ayudar siempre que puede, y porque el universo, una vez más, me recordó que nunca me deja sola.
Agradecimiento por la mujer que fui en el pasado, que en medio de una tragedia personal y contra toda recomendación prudente decidió regresar a su país para reconstruir su vida. Un país golpeado y cercado por dentro y por fuera, pero que me regala amor todos los días.
Agradecimiento porque, aunque en ese momento estaba sola, hoy tengo a muchas personas a quienes llamar y sé que vendrían corriendo a ayudarme.
Yo no hago resoluciones de Año Nuevo. Prefiero elegir una palabra que me acompañe durante todo el año. Y en 2026, esa palabra será agradecimiento.
Porque quiero que sea un año para honrar todo lo que me ha permitido llegar hasta aquí, por lo que tengo… y por quien soy.
Agradecimiento también por ustedes, por Project Glam, por mi equipo, porque sobrevivimos a un año más, difícil y retador. Porque sobrevivimos juntas y seguimos aquí viviendo que lo que amamos.