Sobre los 600 mil seguidores… pero esta no es una historia sobre el éxito

Hace poco llegamos a los 600 mil seguidores en Project Glam. Si lo ves desde afuera, parece un gran éxito. Y la verdad es que sí lo es.

 Son once años publicando todos los días. A veces una vez, muchas veces dos. Son años coordinando calendarios de contenido, pensando ideas, creando cursos, escribiendo textos, buscando maneras de aportar valor.

Pero ¿qué hay detrás de ese éxito? Muchísimas cosas. Y la mayoría no son especialmente bonitas. 

 Yo soy una persona tímida. Hablo bajito. Nunca grito. Si pudiera pasar desapercibida, probablemente lo haría. No soy el alma de la fiesta. Si no tengo algo que considero realmente importante que decir, es muy posible que no me escuches hablar. Me cuesta levantar la mano, exponerme, ocupar espacio. No hago elevator pich.  

 Pero parece que la vida tenía otros planes para mí. Porque si algo tengo es empuje. Disciplina. Y una determinación casi obstinada para hacer lo que quiero hacer. No importa cuántos obstáculos haya delante: siempre termino encontrando un camino.

Cuando comencé Project Glam no quería ser protagonista. Quería aportar. Quería ayudar a otras mujeres, sí, pero también quería ayudarme a mí misma. Era más egoísmo que altruismo. 

Hace once años ni siquiera imaginábamos en qué se convertirían las redes sociales. Los videos pertenecían a la televisión. Yo hacía mis diseños en PowerPoint, preparaba láminas para mis cursos y grababa mi voz. No existía Zoom. Los webinars no formaban parte de nuestra vida cotidiana. Durante casi dos años nadie supo quién estaba detrás de Project Glam.

Y, honestamente, yo estaba feliz así.

 Mi primer Instagram Live llegó en 2018, tres años después de crear la marca.

Recuerdo que tuve que comprarme un amuleto para atreverme a hacerlo. No había filtros. Yo acababa de cortarme el pelo después de atravesar una tristeza profunda. Tenía una melena larga, oscura, bellísima que, de alguna manera, me protegía del espejo. Y ahí estaba yo, obligándome a aparecer frente a una cámara casi sin cabello.

 Desde hace años me repito una frase que no me encanta, porque tiene algo de resignación adulta, pero que me ayuda a avanzar cuando el miedo aparece: “Hay que hacer lo que hay que hacer”.

 Y con las redes sociales ha sido exactamente así.

 En diciembre de 2023 en la reunión del cierre con el equipo el mensaje fue claro: Si no hacemos videos, no vamos a sobrevivir.

 Los reels ya lo estaban inundando todo y yo seguía resistiéndome. Me daba vergüenza. No estaba en mi mejor momento personal. No sabía hacerlo. No tenía demasiado equipo técnico. Estaba cansada. Estaba triste. No quer´ia hacerlo.

 Las ventas de la empresa habían bajado y yo acababa de separarme y de mudarme de país. No podía permitirme desaparecer, tenía que pagar mis cuentas, después de muchos años en pareja, estaba sola y mi cuenta de banco lo  sabía.

 Así que me repetí lo mismo de siempre: “Hay que hacer lo que hay que hacer”.

Durante 2024 grabé más de 100 videos. Al menos ochenta eran míos. No animaciones.

Yo. Mi cara. Mi voz. Mi forma de mover las manos. Mis silencios. Fue mucho más difícil de lo que parece. 

 Los primeros videos eran demasiado largos. No tenía micrófono. El audio salía mal. A veces la cámara estaba sucia y la imagen no era nítida. No me gustaba cómo me veía. No me gustaba cómo hablaba.

Tenía pesadillas pensando que todo eso quedaría flotando para siempre en internet.

Muchas veces terminé frustrada. Muchas veces lloré. Muchas veces quise renunciar.

Pero seguí. Porque había que hacer lo que había que hacer.

 Un año después, en otra reunión, ese mismo equipo que me había advertido que debíamos cambiar me dijo algo que jamás olvidaré: Nunca pensamos que esto era posible. Y yo pensé en silencio: yo tampoco.

Me he visto envejecer en mis propios videos.

He visto mis ocho casas distintas en estos once años.

He visto mis ojos tristes y mis ojos felices.

He visto la versión de mí que estaba rota y la que estaba reconstruyéndose.

Me he visto demasiado flaca por la tristeza y también más redonda por la ansiedad.

Me he visto a los 35 y me he visto a los 42.

No todas esas versiones me han gustado.

Pero todas he sido yo.

He visto a Dani asustada.

A Dani valiente.

A Dani deprimida.

A Dani medicada.

A Dani acompañada.

A Dani sola.

Y todo eso quedó registrado en miles de videos dispersos por internet.

Quizás por eso, cuando alguien ve el número 600 mil, yo no pienso solamente en seguidores. Pienso en constancia, en disciplina.

Pienso en todos los días en los que no quería hacerlo y lo hice igual.

Pienso en el equipo maravilloso que me acompaña y que ha sostenido este proyecto durante tantos años.

Y pienso en algo que me ha costado muchísimo aprender: el coraje no siempre se ve como valentía.

A veces el coraje simplemente consiste en presentarte una vez más, aunque tengas miedo.

Si tuviera que resumir estos 600 mil seguidores en una sola frase, no sería una frase sobre éxito.

Sería esta: “Hay que hacer lo que hay que hacer”.

Siguiente
Siguiente

Sobre no ser un tiburón